Había una vez un príncipe hermoso como ningún otro, de torso musculoso y ojos verdes. El príncipe, que era admirado por todos, había cumplido ya la edad de desposarse. Antes de enfrentarse a dicha tarea, el hermoso zagal había repasado con sus maestros eruditos cada uno de los dones que su futura esposa debía poseer. Tenía que ser la más hermosa del reino, juvenil y alegre, dispuesta y sumisa, virginal e inocente, capaz y de voluntad férrea, inteligente y activa, pero, ante todo, sabia y culta. Hablaría cuando se la requiriera y callaría cuando fuera necesario, como si un invisible cordón los uniera a ambos y le permitiera saber a la dama cuáles eran las necesidades de su amado en cada momento de su vida.
En definitiva, el príncipe buscaba algo imposible de conseguir.
Decidido a encontrar a su candidata ideal, el príncipe realizó un llamamiento e invitó a todo el reino a una maravillosa fiesta. Allí le presentaron a más de mil mujeres, entre las que seleccionó a su primera candidata. La joven era un deleite para sus ojos. De cabello color miel y ojos verdes como los suyos, era además una muchacha instruida, culta y con gran fortaleza. Como aficiones, gustaba de montar a caballo y viajar, pero no desdeñaba encargarse de los sirvientes y del hogar. La suave voz de tono dulce con el que la vida la había dotado hacía que sus órdenes fueran aceptadas por todos a su alrededor con sonrisas y amabilidad.
Ya se disponía nuestro galán a cortejarla para hacerla suya, a sabiendas de que no encontraría una futura reina mejor para sus súbditos, cuando otra mujer, vulgar y de cabello negro, de buena alcurnia y un buen par de posaderas, llamó su atención. El príncipe no dudó en desposarse con ella y olvidarse de la otra antes del transcurso de una luna, más que nada porque no pudo esperar a que llegara la fecha de las nupcias para desflorarla.
Con su amada de negros cabellos vivió años llenos de frescor, peleas y pasión que lo llevaron a relajarse y, quizá, a engordar un poco de más. Por desgracia para la dama en cuestión, ella decidió compartir con su amado sus cenas, sus fiestas y sus alegrías, y también su tendencia a engordar.
Ambos habrían sido muy felices juntos hasta el final de sus días si ella hubiera moderado su apetito, puesto que el príncipe, que ya veía aproximarse su nombramiento como rey, se dio cuenta de que no lograba encontrar ya en esa mujer las hermosas posaderas que lo habían atado a ella.
Decepcionado porque a su dama se le hubieran caído sus antaño atractivos pechos y le hubieran crecido unos extraños pliegues en la piel de la cintura, perdió el amor por ella y le bastó con acusarla de traición para que la apartaran de su mirada. Fue de esa forma como la joven morena nunca llegó a ser reina y fue entonces cuando el príncipe retomó su plan de encontrar una buena candidata para sus propósitos.
La siguiente dama que seleccionó era todavía más hermosa y algunos años más joven que su predecesora, algo normal, porque todos habían envejecido a su alrededor, incluido él. Con una incipiente calvicie y algo de sobrepeso, el todavía príncipe buscó en esa belleza lozana la energía que ya le iba faltando a él.
Ella le entregó los mejores años de su vida antes de que él se hastiara de ella. Era inconcebible para el futuro rey que una mujer con su juventud se marchitara con el tiempo de la misma forma que la anterior, y eso que el príncipe ya tenía canas en los cuatro pelos que le quedaban como adorno a su cabeza. Insatisfecho por la desgana que encontró en esa fémina por no envejecer, tuvo que ordenar que le cortaran la cabeza para tomar una nueva esposa que fuera digna de vestir la corona.
Una minuciosa búsqueda lo llevó poco después a conocer a una nueva muchacha que, por seguro, sería capaz de satisfacer su necesidad de pureza y plenitud. No obstante, a pesar de sus dones y belleza, había tal diferencia de edad entre ambos, puesto que su nueva y flamante esposa apenas contaba con los dieciséis años recién cumplidos, que apenas tenían de lo que hablar.
Un día, el todavía príncipe, que por aquel entonces ya se encontraba un poco cansado de la vida, le comentó a su maestro que, a esas edades, las mujeres seguían siendo caprichosas como niñas y, a la vez, ya eran tan deslenguadas como adultas. Por eso, y para evitar tanta inestabilidad en su vida, poco tiempo después se deshizo de ella dejándola encerrada en una celda y buscó una nueva candidata aún más joven, una que aún no hubiera descubierto su bífida lengua para hablar.
A sus setenta y ocho años, con su piel ya colgando, el que por fin era rey encontró una niña preciosa de apenas nueve años. Se decía de ella que era caprichosa como ninguna otra, pero sin maldad alguna, y que el viejo la consintió mientras esperaba para tomarla, ya que era demasiado joven para ser desflorada y el matrimonio consumado. Sin embargo, eso ya no era de tanta relevancia para él, puesto que su miembro había sido presa también de su senectud y ya no se elevaba como un mástil en un barco. No obstante, la niña creció y, cuando sus caprichos se tornaron en desaire, la muchacha fue de nuevo devuelta a su progenitor, esta vez intacta.
En la recta final de su vida y sintiéndose desdichado por no encontrar algo tan sencillo como una joven dama que actuara tal y como él deseaba, el viejo rey decidió reducir aún más la edad de la joven a la que desposara y se unió de nuevo a una linda muchachita. El femenino bebé era rechoncho, de piel algodonosa y blanca, y compartía con él muchos gustos, entre ellos, el olor a lavanda de los ungüentos y el disfrute por el polvo de talco con el que empolvaban sus traseros cuando los sirvientes les cambiaban los pañales.
Así fue como el rey por fin encontró a su alma gemela y a alguien que pensara con su misma profundidad.
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Nota de la autora: El príncipe que buscaba una princesa es uno de los relatos contados en el Libro 4 de la saga La Estrella del Norte, La Oscuridad Creciente.
ISBN: 978-84-09-81225-7. Todos los derechos reservados.
